Fantasias Oscuras De BDSM

Fantasias Oscuras De BDSM
Imaginando...

lunes, 9 de noviembre de 2015

Mío



¡Por fin es mío!
Lo había esperado a la salida del trabajo y lo había engatusado para que me ayudara a cambiar la rueda pinchada de mi furgoneta.
Él siempre ha sido un encanto, me sonrió con esa sonrisa que me hace babear y se agachó a examinar la rueda.
No me fue difícil colocar el pañuelo en su boca, bien empapado de cloroformo y dejarlo dormido como un angelito.
Luego lo subí en la furgoneta. 
¡Ufff, lo que me costó! 
Es grande como un toro y además musculado, con lo que su cuerpo era un peso muerto de cuidado, 
Pero lo logré. 
Lo llevé a la nave que había alquilado, entré con la furgoneta y cerré a cal y canto. 
Lo bajé, desnudé, até y expuse su cuerpo perfecto ante mí. 
Despertó y su confusión me puso a mil. Al principio no sabía qué estaba ocurriendo, pero cuando empecé a jugar con él, a excitarle en contra de su voluntad, simplemente me derretí de placer.
Su furia, mezclada con su lujuria y su rabia llena de deseo me hicieron delirar.
¡Cómo disfrute al someter su piel y su cuerpo!
Me relamí de gusto y él también me relamió.
¡Oh, sí! Ya lo creo.




Cuando estuve plenamente saciada le aseguré que haría lo mismo con él cada vez que me apeteciera.
Él renegó, me insultó con una ira llena de desprecio, lo cual me enfureció y le cogí por dónde los hombres pierden la cordura.


No volvió a protestar. Se interrumpió de golpe y solo pudo gemir. Me dediqué a su polla hasta hacerle suplicar y cuando estaba a punto de correrse, me retiré y le dejé.
Desesperado, me rogó, me suplicó, me imploró y le ignoré.
Entonces, no sé cómo, se desató.
¡Dios, eso sí que me puso a mil!
Vino a por mí con la ira de los infiernos en sus ojos y la lujuria de un íncubo en su polla dura como el cemento.
Eché a correr, pero apenas pude dar dos pasos y ya me tuvo tumbada en el suelo.
—Ahora vas a saber lo que es bueno, puta —amenazó con su mano rodeándome la garganta y apretando con fuerza.
Sonreí y me burlé.
Eso lo enfureció hasta inyectarle los ojos en sangre. Me abrió las piernas y me empaló tan profundo que pensé que me habría partido en dos.



¡Qué maravilla!
Tenía la verga tan grande que os juro que la noté en la garganta. Sus embestidas eran de una fuerza descomunal: Rápidas, contundentes, profundas.
Mi cuerpo entrelazó orgasmos tan seguidos que perdí el mundo de vista. Estaba a merced de un macho copulando.
¡Y qué macho!
Era brutal, salvaje...
Buscaba su propia satisfacción, pero no pudo resistirse a mi placer y se hizo adicto a mis gemidos.
Se corrió totalmente hundido dentro de mí, pero continuó tan empalmado que siguió follándome como si no hubiera un mañana.



Jamás había disfrutado tanto. 
Al final, después de un polvo descomunal, se quedó dormido y volví a sedarle. Lo vestí, lo llevé hasta su coche y lo dejé durmiendo.
A la mañana siguiente fue a trabajar, lo cual me maravilló. Creí que necesitaría una semana para recuperarse.
Entré en su oficina, como cada día, con el casco puesto y me levanté solo la visera. Él me sonrió, tan encantador como siempre, y le entregué el paquete del correo.



No me había reconocido.
¡Bien!
Sería mío cómo, cuándo y cuantas veces yo quisiera.
Sé que me estas leyendo y jamás sabrás quién soy, pero sabes que eres...
¡MÍO!

jueves, 29 de octubre de 2015

Morderse el labio

Un gesto tan simple ¿verdad?



Pudiera parecer que nunca, antes de cierto boom mediático, ninguna mujer se hubiera mordido jamás el labio en momentos de excitación o cuando miramos algo que nos gusta mucho... 
Mucho...



Desde tiempos inmemoriales las mujeres nos hemos relamido los labios, tanto los de arriba como los de abajo, cuando algo tan fantástico como un HOMBRE se nos ha puesto por delante:
Impúdico. Provocador. Indecentemente atractivo.



O una mujer...


¡¡Mmmmmm!!





















La sensualidad, la sexualidad... Esos regalos divinos o diabólicos ¿qué más da?
Goce, disfrute, deleite de los sentidos.

¡Feliz Jueves! 
Sean descaradamente indecorosas/os, insolentes y atrevidas/os.
Y no olviden jamás el Consenso.
Besos de lujuria indecente y perversa.




martes, 9 de septiembre de 2014

Él




Sus palabras se vierten sobre mí, me conmueven, tocan una fibra muy hondo, una que me hace vibrar...
Su voz me subyuga. Es tan ronca, profunda, melodiosa... Me estremece la piel de anticipación cuando dice en tono bajo, intenso:
—Ven aquí. De rodillas.
Y yo me arrastro. Disfruto cada segundo, anhelo que transcurra más rápido y, a la vez, deseo que esos segundos se conviertan en una eternidad...
Las palmas de sus manos se posan sobre mi cabeza, recorren lentamente mi cuerpo, en una caricia suave, dulce... Ese toque cálido y firme, me hace ronronear y contonearme bajo su poder... Sus manos llegan a mis glúteos y los adora, los repasa minuciosamente y comprueba si todavía quedan marcas de la última vez y cuando ya está satisfecho, se aleja, se separa de mí y yo siento que su calor corporal ya no me envuelve...  y su lejanía me provoca un escalofrío que me eriza la piel de frío y algo peor, desamparo.
—A cuatro patas. Piernas abiertas.
La nueva orden resuena en el silencio. Mi abdomen se sacude con expectación, excitación y lujuria y las mariposas echan a volar. El deseo crece, empieza a correr salvaje por mis venas pero tengo que refrenarlo. Debo contener dentro de mí el ansia por que me posea, debo esperar a que Él me lo ordene, me lo pida.
Me muerdo el labio y cierro los ojos, separo las rodillas, abriendo todo lo que puedo las piernas. Me expongo, hundiendo la grupa y elevando las nalgas...
Mi sexo se humedece y noto cómo se instala allí el latir... lento... lento todavía...
Resuena una palmada, un sonido fuerte, poderoso. Una mano que abarca mi anca izquierda me zarandea, electrizando mi columna vertebral y recorre mis terminaciones nerviosas hasta mi cerebro. Las palmadas siguen cayendo sobre mí.
Fuerte, fuerte... más fuerte. Me mantengo quieta, gimo, vuelvo a gemir... me muerdo el labio, me lo chupo...
«¡Oh, Dios!».
Llega un impacto suave. No me lo espero y se me eriza la piel en respuesta. La palma caliente de mi Amo se desliza suave por encima, apenas rozando y siento que me derrito, literalmente.
Empiezo a fluir fuera de mi misma, a resbalar entre mis muslos... Ardo, me quemo... Y el latido entre mis piernas retumba, se hace inmenso... Jadeo y gimo sin parar, me arqueo...
«¡Quiero más!»
Y de repente llega una serie tan potente, tan fuerte que me hace tambalear, la sangre se agolpa en la zona...
Me reduzco, me hago pequeña y solo siento... El latir en mi vulva y el dolor en mi trasero... Es intenso, me traspasa, me hace temblar... Lo siento en la punta de mis dedos, en mi cuero cabelludo, recorriendo mis folículos pilosos como si fuera electricidad... Lenta, una y otra vez, como oleadas en una fría playa del norte donde el sol no se deja ver más que contadas veces entre claros de nubes blancas y grises.
Él se detiene.
Se aleja otra vez... y esta vez es peor, mucho peor. El calor me abandona y los dedos de la gélida soledad reptan por mis piernas y el miedo me susurra: «Él se va. Te deja. Te abandona».
Me mantengo quieta, a la espera... Su voz no ordena y solo oigo Su silencio...
El tiempo se detiene... No hay ningún reloj, pero juraría que oigo los engranajes girar hacia atrás...
«¡Por favor! —suplico en mi interior—.  ¡Oh, por favor!».
Pero sigue el silencio, se hace tan denso que no puedo soportarlo más y gimo, un gemido largo, sensual, destinado a descolocarlo... A provocarlo...
Oigo su risa. Sé que le ha llegado.
Se acerca despacio, veo sus pies, me rodea y sus dedos se hunden en mi pelo. Tira con fuerza, me levanta la cabeza y me mira intenso a los ojos, tiene las pupilas dilatadas y respira rápido.
«Oh, dios bendito». Me muerdo el labio, reprimiendo un gemido. Intento evitar por todos los medios que la súplica que me quema en la garganta, salga de mis labios.
Me besa, me invade la boca y se apodera de mi cavidad bucal con su lengua. Su sabor es tan y tan adictivo que sería feliz si muriera de sobredosis. Sus labios dulces y cálidos me comprimen los míos en una caricia intima que me hace temblar las rodillas, me tambaleo y Él me sujeta...
Siempre me sujeta, me sostiene...
En sus manos... SOY.


Teva, per sempre.

domingo, 18 de mayo de 2014

La Responsabilidad.

El Amo es tan importante para la sumisa que esta siempre piensa en él antes de emprender cualquier acción...
Antes de pensar, piensa en él... Antes de ser, piensa en él...
El Amo, es doblemente responsable...
En esta historia intento reflejar hasta donde llega esa responsabilidad.







     
*…*…*…*…*…*…*…*…*
    El bosque
*…*…*…*…*…*…*…*…* 


Los sonidos nocturnos, la rodeaban. Se magnificaban a su alrededor al tener los ojos vendados.
Las bandas la mantenían inmovilizada, suspendida sobre el suelo. Atada a cuatro arboles, no sabía a cuanta altura.
El miedo la atenazaba, inmovilizada como estaba y la excitación de saber que Él estaba observándola, la alteraban de tal modo que apenas podía pensar. La exposición a la que Él al sometía la enervaba y la derretía...
La entrega de Almudena era tan total y absoluta que deseaba a su Dueño con todas las fibras de su ser.
Una ráfaga de aire helado le azotó la piel desnuda. Se le erizó todo el vello del cuerpo y sus senos, aprisionados por cintillos bien apretados se endurecieron y contrajeron en respuesta a la súbita bajada de la temperatura nocturna.
Almudena tiritó sin poderlo evitar.
Sus extremidades, totalmente extendidas y aprisionadas por las bandas, le impedían protegerse contra el viento.
Su sexo, enteramente expuesto a los elementos, se contrajo involuntariamente, estremecido. Gimió, a través de la mordaza. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que Él la había atado, pero le parecía una eternidad.
De repente oyó ruidos, pasos, ramitas que se rompían, voces, risas... Y Almudena supo que su Amo no estaba solo. Al parecer había invitado a un considerable grupo de hombres, a juzgar por las voces que oía aproximarse.
Solo de pensarlo, Almudena se humedeció y olvidó el frio. Intentó localizar la voz de su Amo pero no le oyó, supuso que se mantenía al margen, para aumentar la expectación y la nerviosa excitación de su perra, pues Él sabía perfectamente como la excitaba oírle, sentir su ronco susurro en su oído segundos antes de penetrarla...
El grupo de hombres la rodeó en círculo y el silencio se adueñó otra vez del bosque.
El corazón de Almudena palpitaba frenético, a la espera de lo que iba a ocurrir.
—Esta es mi sumisa Almudena —explicó Él, interrumpiendo el silencio del bosque.
La amada voz de su Dueño, tan cerca de su rostro, produjo un escalofrío en Almudena y le recorrió la columna hasta la base del cuello.
—Está aquí por orden mía. Ha obedecido sin rechistar, como siempre —prosiguió su Dueño y le acarició la cabeza. Ella intuyó su sonrisa de orgullo —Es una buena perra.
Su Amo dio una vuelta a su alrededor. Acariciaba el contorno del cuerpo femenino suspendido en el aire, según se movía. Encendía la piel de Almudena y la hacía arder solo con el suave toque de sus dedos.
—Aquí la tenéis para vuestro disfrute, ella os servirá estoy seguro, como si me sirviera a mí mismo.
Él se acercó a su oído y susurró, solo para ella
—Sé todo lo perra que eres, querida. Te espero en casa. Ven cuando el último de ellos haya terminado contigo.
Entonces se alejó de ella y traspasó el círculo de hombres que la miraban ansiosos, deseosos de aprovechar semejante regalo.
—Señores, sírvanse —invitó el Dueño y Señor de Almudena. Se dio la vuelta y se alejó sin mirar atrás.
Almudena se estremeció...
¡Él se había ido! La dejaba sola, allí… Con ellos.
El primero de los hombres, el más ansioso, se acercó y le tocó la cara, después recorrió todo su cuerpo. Arañaba, pellizcaba, invadía...
Poco a poco, los demás la rodearon estrechamente y un mar de manos, dientes, bocas y miembros la sepultó.
Almudena obedeció.
Claro que obedeció. Su sumisión a Él era auténtica y el respeto que un día le tuvo, la ayudó a soportarlo hasta que todo terminó.
Los hombres la dejaron a media mañana, sola, desnuda, cubierta de saliva, eyaculaciones y otros líquidos menos nobles, en el suelo del bosque.
Llegó a casa y abrió la puerta, cubierta con una tela de saco, que había encontrado en una cabaña de leñadores abandonada.
Él la esperaba, sentado tranquilamente en el sofá. Levantó la vista del periódico que estaba leyendo y su mirada la recorrió de arriba abajo.
—Caramba, querida… ¡Menudo modelito!
Ella se acercó lentamente. Le miró fijo, sin rabia, sin odio, sin pena... solo con un enorme vacío en su interior. Levantó la mano y la abrió, dejando caer su collar al suelo, frente a él.
—Aquí tienes lo que representa mi sumisión a ti... Lo que representabas tú en mi interior, ha muerto esta noche, mientras dejabas que me utilizaran a su antojo unos desconocidos...
—Pero… ¿Qué dices? Era solo un juego, uno de nuestros juegos... —él se levantó del sofá, pálido, y alargó la mano pero ella se alejó.
—No te preocupes, he dejado bien alto tu estandarte. Seguro que tus negocios irán muy bien a partir de ahora... —continuó Almudena y  se fue hacia la puerta.
La sorpresa y la estupefacción hicieron presa en él, buscaba las palabras que la detuvieran, que la devolvieran junto a él, sin encontrarlas.
—Cuando te di mi entrega y mi voluntad, te los di con mi mayor alegría, pues te habías ganado mi respeto y mi total confianza. Me cuidabas y me protegías cada día, contigo me sentía a salvo y por eso te entregaba mi devoción, mi cuerpo y mi ser... Nunca te puse límites, excepto uno... Que nunca te alejaras de mí, ¿lo recuerdas? —preguntó Almudena junto a la puerta, con la mirada baja y el rostro ladeado hacia él.
—Sí... —asintió él y tragó, con esfuerzo —Almudena, yo...
—Hoy, esta noche... Me dejaste sola. Me sentí vulnerable, desprotegida, nadie me cuidaba... Me habría dado igual que se me hubiera follado toda la plana directiva de tu empresa, los asistentes, los secretarios y hasta los limpia ventanas, te lo habría dado todo... TODO, si no me hubieras dejado sola, pero… Lo hiciste... Rompiste tu palabra de Amo —afirmó Almudena. Levantó la mirada hacia él y dejó que sus ojos le hablaran del vacío que había dejado su dominio —Me has defraudado, por eso… Me voy.
Almudena cruzó el umbral de su casa, dejó la puerta abierta y nunca volvió.
Atrás quedó un hombre cuyo corazón sangraba, herido... por haber fallado.

                                                     FIN

miércoles, 14 de mayo de 2014

La orden






—Mastúrbate.
La orden llega a mi cerebro, pero el terror me paraliza, soy incapaz de obedecer. Me encojo sobre la cama, me hago un ovillo y le suplico, con la mirada, en susurros implorantes... pero él, implacable, vuelve a ordenar:
—¡Mastúrbate!
Las ventanas están abiertas, está amaneciendo y el frescor matutino se cuela silencioso, en muda complicidad con Él, para acariciarme la piel y erizar cada poro.    Mis pezones se endurecen y la mirada de Él desciende hasta ellos… y eso, me pierde… 
Me humedezco y su voz, cargada esta vez de amenaza y urgencia, vuelve a restallar:
—No me hagas repetirlo, Iona.
Separo las piernas y mi mano desciende por mi vientre, siento mi pulso, el rápido y estremecido latido bajo las yemas de mis dedos. Mi piel está caliente y a mi pesar, disfruto de su suavidad. Mis dedos rozan el monte de Venus... 
¡Oh, por favor! 
Estoy tan húmeda que resbalo en mis propios fluidos y en cuanto me rozo el clítoris, mi cuerpo se arquea… 
¡Dios! ¿Por qué me hace esto? 
No soporto que me mire, no soporto estar expuesta de esta manera… No puedo con la sensación de estar mostrando algo tan íntimo… tan mío… pero a la vez, saber que me mira, que me viola la intimidad, me vuelve loca, me excita intensamente notar, sentir, sus ojos sobre mí… 
Me acaricio el clítoris, desciendo por los labios y juego con mi uretra, siempre me ha excitado pensar en una boca lamiéndome mientras mi líquido dorado sale a presión y eso me descoloca, ya no puedo controlarme y me abandono.
Mis dedos inician una salvaje penetración mientras mi otra mano alcanza mi clítoris y lo asalta sin compasión.
—¡Más rápido!
Su voz es dura, exigente, autoritaria, no admite réplica ni desobediencia.
Obedezco.
Mi cuerpo se arquea sobre la cama, casi no noto las sabanas debajo de mí, estoy en el aire, en tensión mientras mi piel arde, mi boca exhala jadeos y murmullos sin acordarme de que la ventana está abierta y a esa hora los vecinos empiezan a despertar.
Lo noto, ya viene… ¡Oh, sí…! ¡Síiiii…!
Mi vientre se sacude y noto una explosión de fluidos en mis dedos, mi vagina se contrae y mi mente se estremece cuando mi coño tiembla incontrolable, enviando descargas por todo mi cuerpo, hasta las puntas de los pies, hasta recorrer toda mi columna y llegar a mi cuero cabelludo y las puntas de mis pestañas.
Caigo sobre la cama cuando mi cuerpo se relaja y pierde toda la fuerza, pero mis manos siguen estrujando las sabanas mientras los últimos estertores del orgasmo me sacuden las entrañas.
He perdido la noción del tiempo, del espacio… pero le noto a Él, a mi alrededor. No me toca, pero le siento como si estuviera encima de mí, casi puedo sentir el peso de su cuerpo.

Abro los ojos y le veo frente a mí. Se ha levantado y está al lado de la cama y su sonrisa sádica, llena de triunfo y satisfacción… me quiebra el escasisimo control que todavía poseo y mis lágrimas brotan, incontenibles y con ellas, mi entrega.

viernes, 9 de mayo de 2014

La Entrega.

  
En muchos libros se habla de Dominación y sumisión. A raíz de la tan consabida y cansina trilogía, mucha gente, mujeres en particular, han conocido que en el sexo hay mucha, mucha, muchísima variedad... 
Por uno de esos causales, hoy he leído una reseña en un blog, sobre otra trilogía... Está claro que ahora van a explotar el filón, la D/s vende por lo tanto, una gran mayoría de libros estarán inspirados en esta temática...
Pero, ninguno se molestará en averiguar de qué va realmente este tema. Y siempre, hablarán de traumas, de algún incidente en el pasado de los protagonistas que les hace ser lo que son y les hace hacer "estas" cosas.
Es decir, dan la falsa idea de que los practicantes de BDSM son enfermos.
¡Error!
Craso error.
¿Qué es lo que realmente me molesta de todo esto?
La desinformación que esto crea.
La gente cree a pies juntillas todo lo que dicen esas novelas rosas y no se dan cuenta de que es "Ficción".
No hay ningún Grey. Ese pobre chico, traumatizado y con abusos físicos no debería haberse siquiera acercado jamás a una sumisa. 
Por no hablar de Ana, que no era, no fue, ni será jamás, sumisa. Porque no lo "Siente". Ella se enamora de él y entrega su amor, NO su sumisión. Es muy distinto.
Y no me cansaré nunca de repetirlo.
LA SUMISIÓN ES UN SENTIMIENTO.
No puede venir ningún dominante de pacotilla y decirte: Ahora serás mi sumisa y me obedecerás.
No, esto no funciona así, señores y señoras.

Una sumisa entrega su ser, su cuerpo y su voluntad a su Amo. Voluntariamente. La entrega no se exige ni se fuerza. ¡Jamás!





*¨`*•♫..•::  Hoy, a las siete, en el sitio de siempre.   ::*¨`*•♫.• 

María había recibido la llamada hacía una hora y por fin había oído las palabras, tanto tiempo anheladas:
“Hoy, a las siete, en el sitio de siempre.”
No podía refrenar su impaciencia, faltaban todavía dos horas para las siete... ¡Era demasiado!
Pero reprimió sus ansias con empeño. Sabía que a Él no le gustaba que se dejara llevar por el ímpetu... cuando él no estaba presente.
En la oficina, sus compañeros iban a lo suyo, pero el tiempo se ralentizaba en la perspectiva de María. Los veía pasar deprisa, enfrascados en alguna tarea mientras charlaban y reían, ajenos a la tormenta que se desarrollaba en su interior. Estaba tan mojada que tuvo que ir al baño varias veces antes de que por fin pudiera coger el bolso y salir pitando de la oficina.
Cogió el coche y condujo hacia el sótano que su Amo tenía alquilado. Ella tenía una llave y abrió, expectante, con el corazón acelerado. Como siempre, el lugar estaba ya caldeado.
Estaban en pleno enero y la temperatura exterior era de dos grados. Él mantenía el lugar perfectamente acondicionado para que cuando estuviera desnuda y expuesta para Él, su piel se estremeciera de placer o dolor, nunca de frío.
Se desnudó rápidamente y dejó su ropa pulcramente doblada en una silla. Entonces se puso las mascara que le impedía ver cualquier cosa sobre las cejas, para poder colocarla sobre los ojos cuando estuviera lista.
Jamás había podido ver al Dueño de sus fantasías.
Solo le había sentido. Su piel, Su aliento, Sus manos que la volvían loca. María había aspirado la fragancia masculina con deleite cada vez que Él se le acercaba.
Se situó en medio de la habitación y se aseguró de colocar la máscara de manera que ningún atisbo de luz penetrara bajo ella.
Al cabo de lo que le pareció una eternidad, se abrió una puerta y oyó Sus pasos. Él no le habló, nunca le hablaba al principio.
Le cogió las manos y se las levantó atándolas a una barra suspendida sobre la cabeza de María.
El corazón martilleaba en el pecho de la sumisa atada como si fuera una locomotora fuera de control. El aroma a hombre la envolvía y sentía su aliento cerca. Quería gemir pero se contuvo y se mordió el labio, en un intento de contener sus ansias de sentirle.
Entonces esa voz viril y única en el mundo, le habló:
—Todavía no, princesa —susurró en su oído. Sus labios le rozaron el tubérculo auricular y le provocaron un intenso escalofrío por todo el cuerpo.
Entonces llegó el primer azote.
Fuerte, salvaje, caliente.
El silencio era denso en el sótano, roto tan solo por el golpetear de la mano del Amo de todas las cosas,  sobre las  nalgas de María.
Él era la razón por la que María permanecía quieta, por la que obedecía sin rechistar. Era el Dueño de su piel, de su corazón y de su ser.
Las velas eran la única iluminación en la estancia oscura, decorada con sobriedad, tan solo los elementos indispensables para llevar a cabo las fantasías del amo y de la sumisa.
La piel de María ardía, enrojecida.
Con las manos atadas en lo alto y las piernas separadas, el Amo golpeaba sin piedad...
María se mordía los labios, tenía prohibido gemir...
"Sí, Sire, sí... más fuerte", pensaba dentro de sí.
Sentía su respiración alterada, detrás de ella, cada vez más cerca. Sabía que él se estaba excitando, y eso la ponía a mil, notaba la humedad caliente de su sexo descender por entre sus muslos.
Entonces Él se detuvo y se posicionó tras ella, en silencio, durante lo que le pareció una vida. Tan solo oía su respiración, acelerada, profunda... La espera la mataba, pero no se movía. Le sentía detrás...
De repente, Él le cogió los pechos, suavemente, con una caricia dulce y tierna. María creyó que se correría en ese mismo instante, de puro placer. Él se pegó a ella con todo su cuerpo desnudo y la dejó sentir toda su potente excitación. Le pellizcó un pezón con fuerza. La zona híper sensibilizada, le envío ondas de éxtasis por todo el cuerpo y le erizó la piel.
Pídemelo, suplícamelo... —su voz, ronca y sensual en su oreja, la estremeció, hondamente.
—Por favor, por favor, Sire... ¡Poséame, hágame suya...! Por favor, Sire — susurró María con voz temblorosa, entonces Él tiró con fuerza de sus pezones y se le escapó un gemido, no pudo evitarlo. Estaba tan caliente que el deseo la consumía.
—Sire... Sire... por favor... Utilíceme para su placer...
Incapaz de resistir más, Él la agarró con fuerza de las caderas y la penetró con ansia. María sintió como si el aire escapaba de sus pulmones ante su arrollador empuje.
—Suya, solo suya, Sire —murmuró la sumisa, en pleno delirio, mientras las  oleadas de placer la recorrían entera y su felicidad era completa.
Estaba en Sus brazos.
                                                       Fin

viernes, 25 de abril de 2014

Bienvenidos





Siempre que leía alguna historia que me gustaba especialmente, recuerdo que imaginaba otros finales, otros argumentos.
Mi imaginación era muy activa, me gustaba soñar despierta y me imaginaba toda clase de perversiones, pero las guardaba muy celosamente dentro de mi ser, hasta que un buen día descubrí que lo que siempre había sentido no era tan raro, ni era algo que solo me ocurriera a mí.
Eso me dio una perspectiva completamente nueva.
Fue como si me apartaran un velo de los ojos y pudiera ver de nuevo, oír de nuevo y sobretodo descubrir que tenía "voz". Que podía hablar y lo mejor de todo que podía ser escuchada y comprendida.
¡Ojalá lo hubiera descubierto mucho antes!
Entonces empecé a escribir todo aquello que mi imaginación había atesorado y que jamás había salido a la luz.

Escribir para mí, es como respirar. Puedo volar a lomos del dragón y sentir el viento sin restricciones ni morales impuestas sobre mi rostro. Es mi alta y oscura torre, donde nadie puede reprimirme ni anularme.

Los relatos surgieron tímidamente y, poco a poco se han ido consolidando.

Hoy empiezo una nueva etapa, con esta primera entrada en mi blog y como todo buen comienzo, esta debe comenzar en...  Un árbol.


Y ella obedeció.


"Estaba tan fuertemente atada al tronco, que casi se podía pensar que formaba parte del árbol.
Él le había arrancado la ropa y se la había dejado hecha jirones. 
Indefensa y vulnerable, se hallaba abierta y ofrecida a la mirada encendida de esos ojos oscuros que, clavados en ella la devoraban.
El hombre se acercó a ella de forma lenta y exacerbó la ya de por sí altísima libido de la hembra. Y pudo aspirar el aroma a hombre que emanaba, cuando lo tuvo tan cerca que podía sentir su dulce aliento en la cara.
Él le introdujo dos dedos en la vagina y comprobó lo húmeda que estaba. Ella no podía hablar, la había amordazado y los ojos no le bastaban para decirle lo mucho que le necesitaba.
—No volverás a escaparte, perra — susurró la voz viril y ronca en su oído, antes de penetrarla.
Se movió en ella con fuerza. La aplastaba con toda su fuerza contra el árbol con cada embestida. Pellizcó entre sus dedos fuertes un pezón endurecido y se lo retorció, mientras la miraba de forma salvaje.
Ella gemía. Tenerle dentro la llenaba, la colmaba. Al borde del éxtasis, intentaba controlarse; no podía sin su permiso.
Delirante de placer cerró los ojos pero, Él le cogió un mechón de pelo y tiró con fuerza, casi brutalmente. Ella abrió los ojos y exhaló un jadeo de dolor.
—Solo cuando yo te diga... —susurró Él, ronco y se derramó dentro de ella.
Cuando terminó la mordió con ansia en el cuello, sin salir de ella. Se separó lo justo para mirarla.
—Ahora, hazlo ahora — ordenó entonces el que era Su Dueño en un susurro ardiente, con las pupilas oscurecidas por la pasión.
Y ella obedeció."