Fantasias Oscuras De BDSM

Fantasias Oscuras De BDSM
Imaginando...

viernes, 9 de mayo de 2014

La Entrega.

  
En muchos libros se habla de Dominación y sumisión. A raíz de la tan consabida y cansina trilogía, mucha gente, mujeres en particular, han conocido que en el sexo hay mucha, mucha, muchísima variedad... 
Por uno de esos causales, hoy he leído una reseña en un blog, sobre otra trilogía... Está claro que ahora van a explotar el filón, la D/s vende por lo tanto, una gran mayoría de libros estarán inspirados en esta temática...
Pero, ninguno se molestará en averiguar de qué va realmente este tema. Y siempre, hablarán de traumas, de algún incidente en el pasado de los protagonistas que les hace ser lo que son y les hace hacer "estas" cosas.
Es decir, dan la falsa idea de que los practicantes de BDSM son enfermos.
¡Error!
Craso error.
¿Qué es lo que realmente me molesta de todo esto?
La desinformación que esto crea.
La gente cree a pies juntillas todo lo que dicen esas novelas rosas y no se dan cuenta de que es "Ficción".
No hay ningún Grey. Ese pobre chico, traumatizado y con abusos físicos no debería haberse siquiera acercado jamás a una sumisa. 
Por no hablar de Ana, que no era, no fue, ni será jamás, sumisa. Porque no lo "Siente". Ella se enamora de él y entrega su amor, NO su sumisión. Es muy distinto.
Y no me cansaré nunca de repetirlo.
LA SUMISIÓN ES UN SENTIMIENTO.
No puede venir ningún dominante de pacotilla y decirte: Ahora serás mi sumisa y me obedecerás.
No, esto no funciona así, señores y señoras.

Una sumisa entrega su ser, su cuerpo y su voluntad a su Amo. Voluntariamente. La entrega no se exige ni se fuerza. ¡Jamás!





*¨`*•♫..•::  Hoy, a las siete, en el sitio de siempre.   ::*¨`*•♫.• 

María había recibido la llamada hacía una hora y por fin había oído las palabras, tanto tiempo anheladas:
“Hoy, a las siete, en el sitio de siempre.”
No podía refrenar su impaciencia, faltaban todavía dos horas para las siete... ¡Era demasiado!
Pero reprimió sus ansias con empeño. Sabía que a Él no le gustaba que se dejara llevar por el ímpetu... cuando él no estaba presente.
En la oficina, sus compañeros iban a lo suyo, pero el tiempo se ralentizaba en la perspectiva de María. Los veía pasar deprisa, enfrascados en alguna tarea mientras charlaban y reían, ajenos a la tormenta que se desarrollaba en su interior. Estaba tan mojada que tuvo que ir al baño varias veces antes de que por fin pudiera coger el bolso y salir pitando de la oficina.
Cogió el coche y condujo hacia el sótano que su Amo tenía alquilado. Ella tenía una llave y abrió, expectante, con el corazón acelerado. Como siempre, el lugar estaba ya caldeado.
Estaban en pleno enero y la temperatura exterior era de dos grados. Él mantenía el lugar perfectamente acondicionado para que cuando estuviera desnuda y expuesta para Él, su piel se estremeciera de placer o dolor, nunca de frío.
Se desnudó rápidamente y dejó su ropa pulcramente doblada en una silla. Entonces se puso las mascara que le impedía ver cualquier cosa sobre las cejas, para poder colocarla sobre los ojos cuando estuviera lista.
Jamás había podido ver al Dueño de sus fantasías.
Solo le había sentido. Su piel, Su aliento, Sus manos que la volvían loca. María había aspirado la fragancia masculina con deleite cada vez que Él se le acercaba.
Se situó en medio de la habitación y se aseguró de colocar la máscara de manera que ningún atisbo de luz penetrara bajo ella.
Al cabo de lo que le pareció una eternidad, se abrió una puerta y oyó Sus pasos. Él no le habló, nunca le hablaba al principio.
Le cogió las manos y se las levantó atándolas a una barra suspendida sobre la cabeza de María.
El corazón martilleaba en el pecho de la sumisa atada como si fuera una locomotora fuera de control. El aroma a hombre la envolvía y sentía su aliento cerca. Quería gemir pero se contuvo y se mordió el labio, en un intento de contener sus ansias de sentirle.
Entonces esa voz viril y única en el mundo, le habló:
—Todavía no, princesa —susurró en su oído. Sus labios le rozaron el tubérculo auricular y le provocaron un intenso escalofrío por todo el cuerpo.
Entonces llegó el primer azote.
Fuerte, salvaje, caliente.
El silencio era denso en el sótano, roto tan solo por el golpetear de la mano del Amo de todas las cosas,  sobre las  nalgas de María.
Él era la razón por la que María permanecía quieta, por la que obedecía sin rechistar. Era el Dueño de su piel, de su corazón y de su ser.
Las velas eran la única iluminación en la estancia oscura, decorada con sobriedad, tan solo los elementos indispensables para llevar a cabo las fantasías del amo y de la sumisa.
La piel de María ardía, enrojecida.
Con las manos atadas en lo alto y las piernas separadas, el Amo golpeaba sin piedad...
María se mordía los labios, tenía prohibido gemir...
"Sí, Sire, sí... más fuerte", pensaba dentro de sí.
Sentía su respiración alterada, detrás de ella, cada vez más cerca. Sabía que él se estaba excitando, y eso la ponía a mil, notaba la humedad caliente de su sexo descender por entre sus muslos.
Entonces Él se detuvo y se posicionó tras ella, en silencio, durante lo que le pareció una vida. Tan solo oía su respiración, acelerada, profunda... La espera la mataba, pero no se movía. Le sentía detrás...
De repente, Él le cogió los pechos, suavemente, con una caricia dulce y tierna. María creyó que se correría en ese mismo instante, de puro placer. Él se pegó a ella con todo su cuerpo desnudo y la dejó sentir toda su potente excitación. Le pellizcó un pezón con fuerza. La zona híper sensibilizada, le envío ondas de éxtasis por todo el cuerpo y le erizó la piel.
Pídemelo, suplícamelo... —su voz, ronca y sensual en su oreja, la estremeció, hondamente.
—Por favor, por favor, Sire... ¡Poséame, hágame suya...! Por favor, Sire — susurró María con voz temblorosa, entonces Él tiró con fuerza de sus pezones y se le escapó un gemido, no pudo evitarlo. Estaba tan caliente que el deseo la consumía.
—Sire... Sire... por favor... Utilíceme para su placer...
Incapaz de resistir más, Él la agarró con fuerza de las caderas y la penetró con ansia. María sintió como si el aire escapaba de sus pulmones ante su arrollador empuje.
—Suya, solo suya, Sire —murmuró la sumisa, en pleno delirio, mientras las  oleadas de placer la recorrían entera y su felicidad era completa.
Estaba en Sus brazos.
                                                       Fin

2 comentarios:

  1. ...un placer leerte... con el primer café de la mañana ;)
    Besos

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    Respuestas
    1. Hola Rosa de Terciopelo,
      Gracias, el placer es mío al saber que me lees y que disfrutas de las letras de este blog. Espero poder seguir aportando mi granito en este vasto mundo de los sentimientos y los pensamientos escondidos en nuestro ser.
      Un beso!

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